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  • UN ARTÍCULO EN LA MEMORIA

    La verdad histórica | DIARIO SUR 9 diciembre 2000

    Como muy bien aquel entrenador, el fútbol no es una cuestión de vida o muerte, sino algo mucho más importante. Fabrica de ídolos que son adorados en el altar del césped y, cuando pasan los años, siguen siendo santos de la devoción de los hinchas. El monosílabo más coreado de nuestro tiempo no es Dios, sino gol. ¿Quién ha sido el más milagrero de esos ídolos? El premio al mejor futbolista del siglo, que entregará la FIFA en Roma, se ha debatido entre Maradora, Pelé y Di Stéfano. Quizá no hayan sido inferiores a ellos Yasin o Beckenbauer, pero los feligreses prefieren a los ataques. Meter el balón en la portería contraria es siempre más espectacular que impedirlo, pero a lo que iba: Maradona ha sido el ganador, seguido de Pelé, que fue el rey mago negro del área, y de Di Stéfano, que como se sabe no era sólo el director de la orquesta, sino la orquesta entera. Pues bien, el Pelusa se ha negado a recibir el premio, en un alarde de orgullo, si es compartido con Pelé. La confusión acerca del ganador se debe, como en las elecciones americanas, a que falta sumar los votos por correo y los de un jurado de expertos.

    Mientras Pelé y Alfredo Di Stéfano han sido dos ejemplos para la juventud, Maradorna confirma su irreparable condición de botarate, Quiere toda la gloria para él solo. «El primero yo, después de mí ‘nadie’ y después ‘nadie…’», que dijo aquel torero. «El hombre orgulloso se devora a sí mismo», decía Shakespeare, que sí tenía motivos para serlo. La jactancia destruye el mérito. Quizá un exceso de estimación propia sea lo que conduce a la altivez, pero hay que reconocer que el orgullo es un pecado señorial y no un pecado ridículo, como la mayoría de los llamados pecados capitales. (Alguien habló de pecados capitales. (Alguien habló de pecados capitales y de pecados provinciales). ¿Quién habrá sido el mejor futbolista del siglo? A mí estas cosas menores me apasionan, en la misma medida que me liberan. Si nos ocupamos sólo de lo trascendente nos sale barba y dejan de gustarnos los helados de vainilla.

    Manuel Alcántara